Cómo gestionar las rabietas en niños de dos a tres años

El tiempo pasa rapidísimo cuando los niños y niñas son pequeños. De repente, casi sin darte cuenta, tu hijo tiene dos años y ya ha aprendido a decir sus primeras palabras.

Los niños y niñas progresan a una velocidad tremenda y pasan de forma secuencial y natural de una etapa a otra del desarrollo. Estas etapas suelen clasificarse en cinco áreas diferenciadas: crecimiento físico, desarrollo afectivo, desarrollo social, desarrollo del lenguaje y desarrollo motor.

Desarrollo afectivo de un niño de dos años

Al llegar a la tierna edad de dos añitos, los más pequeños acarician, besan y abrazan a los adultos que están con ellos. Pero también pueden mostrar enfado y disgusto. Bienvenidos a la etapa de las rabietas.

En estas edades ya podemos ver que los niños muestran un temperamento: pueden ser muy cariñosos, más reservados, risueños o tímidos. Lo mismo que los adultos, los pequeños, a la edad de dos años, ya tienen su propia forma de ser.

Como norma general, a esta edad suelen ser movidos, risueños e impulsivos. Tienen una gran energía. En el terreno emocional, comienzan a ser más independientes y algunos niños pueden comer y vestirse solos sin la ayuda de los adultos. Les encanta empezar a ser un poco más independientes y eso es bueno porque aumenta su sensación de autonomía y, por tanto, su autoestima. Todo esto ocurre porque ya son conscientes de que son personas individuales, que tienen un “yo” y que no es necesario depender absolutamente de la ayuda de sus padres.

Soy consciente de mi individualidad

Es precisamente este deseo de comenzar a ser un poco más independientes y autónomos lo que puede generar un choque entre su deseo y los límites que debemos imponerles los padres y madres. Puede ser que el niño no quiera coger la mano de su madre para cruzar la calle o que quiera jugar con objetos o en lugares que los padres sabemos que no son seguros.

Decirles “no” en estos casos puede generar una explosión por parte de los más pequeños dando lugar a las temidas rabietas, tan propias de esta edad. Podemos decirles que recojan los juguetes, que tienen que irse a dormir o que deben dejar ya de ver la tele y encontrarnos con un “no quiero”. Cuando su deseo de hacer algo choca con lo que nosotros les estamos proponiendo surgen las pataletas, que cada niño expresa de una manera: llorando, gritando, sentándose en el suelo, no queriendo moverse… A veces pueden, incluso, pueden  responder con ira.

Pero no hay necesidad de preocuparse porque ya sabemos que estas formas de actuar son consecuencia de su necesidad de empezar autoafirmarse y ser más independientes. Por eso no debemos agobiarnos (en la medida de lo posible).

Cómo gestionar las rabietas

Lo primero que debemos saber es que es inútil luchar contra este tipo de comportamiento. Lo mejor es manejarlo desde el respeto y la empatía con respecto a la etapa de desarrollo que están viviendo. Entender cuál ha sido el desencadenante nos ayudará a manejar mejor estas situaciones.

Los niños y niñas de estas edades aún no cuentan con un lenguaje muy desarrollado. Entienden todo lo que les decimos pero no son capaces de expresar todo lo que ellos quieren decirnos. Esto les genera una frustración muy grande que podemos aliviar intentando conversar con ellos, preguntándoles que les pasa e intentando facilitarles que se expresen.

Los niños no quieren tener rabietas

Los peques no se sienten a gusto teniendo frustración o enfado, igual que nos pasa a los adultos. No tienen rabietas para intentar enfadarnos o sacarnos de nuestras casillas. Una vez que el niño haya perdido el control, lo importante no es oponerse sino manifestar que estás de su lado y que quieres entenderle.

Cuando intentes hablar con él, es importante que te agaches y te pongas a su altura. Esto muestra respeto del adulto hacia el niño y predisposición para escucharle. Los adultos somos mucho más altos y, en estos momentos, puede considerarse que se le está juzgando o riñendo. Parece un detalle mínimo, pero al ponernos a su altura y mirarles a los ojos estamos teniendo un lenguaje corporal que calma al niño.

No juzgues sus emociones

Tampoco debemos juzgar sus emociones. Enfadarse no es malo, es una emoción básica del ser humano. Hay que aprender a aceptar estas emociones y no luchar contra ellas. Es bueno hablar con él de esta emoción para que aprenda a identificarla y a ponerle nombre, lo cual le ayudará a expresarse mejor y sentirse más autónomo.

Cuando el niño está muy enfadado, lo primero que debemos intentar es que se calme. Es inútil intentar dialogar con él cuando está fuera de control porque la ira provoca una pérdida de capacidad de razonamiento.

Esperar a que llegue la calma

Cuando esté más calmado, podemos preguntarle cosas como “¿qué necesitas?”. Esta pregunta le hará entender que estamos interesados en conocer qué le pasa y cómo se siente. No siempre ocurrirá que tengamos una respuesta, pero si la obtenemos, estaremos recogiendo una información muy importante para gestionar futuras rabietas o conocer los desencadenantes.

A veces solo hay que dejarlo pasar

Todo esto no es una ciencia exacta. Hay veces en las que, aún haciendo todo esto, el niño no es capaz de salir de ese estado emocional hasta pasado un buen rato. En el caso de que les ofrezcamos nuestra ayuda y ellos no la acepten, tendremos que respetarlo. Será bueno dejarles que se desahoguen siempre que no se hagan daño ni a sí mismos ni a los demás.

¿La buena noticia? Estas rabietas irán desapareciendo poco a poco a medida que los niños y niñas crezcan en un entorno emocional sano.

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